
Todos se preparaban animados. Compraban regalos y vestidos, hablaban por teléfono, escribían mensajes, concertaban fechas y lugares para celebrar la navidad. Pero para él, las luces en las calles y en los supermercados eran como alarmas, que le instaban a despertar, a recordarle su realidad: Esta vez ella no estaría a su lado.
Habían pasado pocos meses cuando partió. Aunque se trataba de una muerte anunciada, él no pudo mantenerse en pie cuando le dieron la noticia. La sorpresa, sumada a un enorme cansancio y a un sentimiento de derrota, le arrebató la esperanza y la inocencia. Ahora que todo era oscuridad a pesar del derroche de luces en la ciudad, sólo necesitaba un poco de soledad o, al menos, de silencio.Así que salió a caminar ante la mirada preocupada de su gente que, impotente, le dejó marchar después de haber luchado sin descanso por animarle, a él, que amaba las fiestas y daba dulzura, amistad y risas, pero que hoy no se mostraba dispuesto a darse a los demás. Y no porque no quisiera, sino porque él mismo no se encontraba presente. Toda su fuerza estaba destinada a asimilar que la mujer con quien compartió ese tiempo que parecía eterno, ya no estaba ni estaría, nunca jamás.



