Hace algunas semanas publiqué una entrada sobre la importancia del tacto en la salud (ver). Me sorprendió la gran aceptación que tuvo y los comentarios que suscitó en los diferentes foros por parte de lectoras y lectores sensibilizados con el tema.
Después de la alegría y el inmenso agradecimiento por la receptividad, el tema sigue vivo. Pero la cuestión que me ocupa hoy no es el tacto en sí mismo, sino el efecto de la palabra en las emociones e incluso en la misma piel que tiene una función, digamos de anfitriona, de nuestra relación con el mundo.
Esto se refleja en el lenguaje cotidiano, por ejemplo cuando decimos que al escuchar ciertas palabras, sonidos, músicas o incluso el silencio, se nos eriza la piel, se abren o se cierran nuestros poros, se siente frío o calor. Estas sensaciones provocan respuestas, ya sean de acercamiento o de rechazo, de relajación o de estrés, de seguridad o de miedo.
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