Recuerdo ese día como si fuera ayer. Estaba en la biblioteca de la universidad donde estudié Psicología. Era un lugar hermoso y grande, repleto de misterios que en ese momento yo estaba convencida de poder desvelar.
Era emocionante pensar que tenía un largo camino por andar. Faltaba poco tiempo para acabar mi carrera y ya me estaba preguntando a qué me iba a dedicar. Ese día me vi en un verdadero problema: Con 23 años y ya casi a las puertas para acceder al «mundo real», no tenía ni idea de cómo iba a desarrollar mi trabajo.
No había sido una mala estudiante. Había asistido a la mayoría de las clases, mis notas eran aceptables y en las prácticas había vislumbrado alguno que otro talento. Pero ese día, echando una ojeada a la interminable información sobre diferentes posibilidades de ejercer mi labor, me entró una sensación de pánico que siempre recordaré como el momento en que di un pequeño pero definitivo paso hacia lo que es, actualmente, mi vida.






