Cuando veo alguna maravilla, sea una construcción milenaria, una escultura antigua, alguna muestra de arte ancestral, mapas de viaje hechos a mano o las obras escritas de clásicos maestros, siempre me viene a la mente la misma pregunta: ¿a qué hora hacía la gente todo eso?
Es sorprendente contando con que antes, hacia los 30 o 40 años a uno ya se le consideraba prácticamente un anciano (ver), o sea que lo que venía a aportar al mundo se ubicaba en un estrecho lapso de tiempo, midiéndolo desde nuestra percepción actual en que llegar a los 100 será aún difícil, pero ya no imposible, y que a los 80 una buena parte de la población se encuentra con sus capacidades físicas e intelectuales en buena forma.
A veces, a mi me gusta jugar a que tengo tiempo. Es como una expresión de rebeldía, en este ritmo atropellado de tantas cosas urgentes e inmediatas. La transgresión consiste en dedicarme, por ejemplo, a restaurar un mueble sabiendo que, por mucho menos, se puede comprar otro y montarlo en media hora. O a crear alguna «joya» con materiales de bisutería que encuentro aquí y allá, para decidir después qué hacer con ella. O a hacer una tarta para repartirla entre los vecinos de mi calle, solo por la alegría de verles sonreír. Digamos que me gusta «perder tiempo» disfrutando de un proceso y poniendo a prueba la paciencia. Buen ejercicio, fácil de escribir ya en este punto, aunque no siempre con tan buenos resultados como suena. 😉
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