
«Humanidad… ¿estás ahí?», pregunté hace tiempo, a propósito de una anécdota relacionada con la situación de miles de personas inmigrantes. Deseaba –y sigo deseando– que esta sociedad comprenda de una vez por todas que ningún ser humano es ilegal, que la inmigración no es «el problema» de unos cuantos sino una cuestión social y política, que nadie debería ser excluido de su derecho fundamental a vivir dignamente y que en todos los países, los pobres y los ricos, habitan personas que ojalá nunca tuvieran la necesidad de dejar su lugar de origen, por motivos diferentes a su propia voluntad, la de verdad, la de: “aquí estoy bien pero quiero conocer, saber, crecer allá” y no la de: “me voy porque se vive mejor fuera, por mal que me vaya en otro sitio”.
Desde ese momento hasta hoy, poco han cambiado las cosas. Por el contrario, nos encontramos ante una situación francamente preocupante, reflejada en una vida cotidiana que insiste en el miedo, en el prejuicio, en la violencia activa y pasiva y en una exigua tolerancia a la diversidad cultural.
Entonces… ¿Hace falta conmemorar el Día Internacional de las PERSONAS Inmigrantes? Visto lo visto, SÍ. Pero esto no es una fiesta como la de San Valentín, para decirles a las personas inmigrantes lo mucho que las queremos HOY porque es SU día. Estoy de acuerdo en que todos los días deberían ser el Día del inmigrante, el Día de los niños y las niñas, el Día de la mujer… Sin embargo, mientras haya una sola persona sufriendo el rechazo y la exclusión social y sea despojada de los derechos más fundamentales, tendrá sentido continuar en la denuncia y en el trabajo por un mundo mejor.






