
Imagina que tienes mil euros disponibles. Te vas de viaje y te gastas dos mil. No tienes más remedio que echar mano de un crédito pagando altos intereses, con lo cual la experiencia del viaje se convierte, a la vuelta, en una deuda que seguramente ensombrecerá la visión de las bonitas fotos que tomaste.
Imagina ahora que tienes diez mil, pero no los puedes usar con libertad cuando te falta liquidez, porque están retenidos en un plan de ahorro, de esos que te obligan a cumplir los requisitos de no sacar ese dinero en caso necesario.
Imagina que has reservado una cantidad para imprevistos, pero cuentas con otra para pagar tus facturas y además para disfrutar de lo que tu capacidad financiera te permite, sin pasarte pero sin privarte de nada importante.
De estas tres posibilidades, ¿cuál te resulta más placentera? No tengo ni idea de finanzas, más allá de las que, por sentido común, la economía doméstica me exige. Pero no creo que haya que especializarse en economía para deducir que, si gastamos más de lo que tenemos, o si no podemos acceder a nuestro capital por tenerlo estancado, eso de “disfrutar” se convierte en un imposible más.





