
Me escapé hace unas semanas a un paraíso de Almería, el único lugar del mundo hasta ahora conocido para mi, en el que puedo dedicar todas las horas al descanso, a la lectura o a la simple contemplación sin ser interrumpida por ninguna urgencia cotidiana.
A cambio del reloj, allí el sonido del mar constante y apacible cura heridas, acalla afanes, anhelos y temores, meciéndome en una especie de masaje sonoro en que todo se coloca, de nuevo, en su lugar.
Volviendo de una excursión hacia una cala virgen de las que pocas quedan, mi compañero y yo sofocados por el intenso calor nos encontramos con tres o cuatro hombres jóvenes, ellos sí con prisa, derrochando energía y un olor particular, chorreando sus chaquetas empapadas, esas de invierno, de las que usamos porque son bonitas, porque son ligeras y a la vez calientan más que cualquier otra.
Pero ellos no parecían personas de ir pegadas a la moda. Quedaba entonces lo de la ligereza y lo que aparentaba ser una necesidad de calor en esa playa desértica a más o menos 30ºC, en pleno Junio andaluz, corriendo hacia una montaña, hablando otro idioma, jugando como niños escapados de sus casas.
Turistas no eran. Ladrones tampoco. Hippies decididos a renunciar al sistema capitalista para vivir libres en las calas de la zona, tampoco. Gente queriendo desconectar de la vida atropellada, seguro que no. Pero puede que eso fuera lo que les esperaba, una vida atropellada, aunque de otra manera.




