Fue hace varios años cuando estuve en una impactante exposición de arte en Bogotá. Era un mural gigante con cientos de fotos de carnet, una colección en permanente movimiento ya que su carácter interactivo invitaba a “adoptar” una de las fotos dejando otra en su lugar, llevarla en la cartera y convivir con ella por unos días.
¿Quién sería la persona en esa foto? ¿Cómo era su vida? ¿Qué transmitía su rostro, su mirada, su imagen?… ¿A quién se llevaría en la cartera como si fuera el hijo, la madre, el amante?
Quienes aceptaban la aventura, reflejaban sus sensaciones al cabo de los días. La exposición se cerraba con diferentes expresiones, ya fueran narrativas o artísticas acerca de la experiencia.
Me detuve un rato largo observando cada rostro integrado en el mosaico de desconocidos, dejándome sentir sus rasgos de foto nueva o antigua, lisa o arrugada en un tiempo aún ajeno al editor de fotos digitales.
Todavía recuerdo algunas caras o al menos sensaciones de ese día. Si tuviera el don de dibujar, pintaría risas saliendo de estas fotos, secretos, heridas de otros tiempos, silencios, anhelos o recuerdos.
Cientos de rostros en pequeños cuadrados de papel, esperando a ser rescatados o tal vez dejados en paz pero siempre, y digo siempre, expresando algo, aunque fuera el deseo pocas veces concedido en una vida, de no salir tan poco favorecido en una foto de carnet.
¿Qué sucedería en el momento de la foto? Seguro que alrededor habría algo y sobre todo alguien. Imagino un ambiente con sofás, telas, tal vez marcos, otras fotos reveladas y por revelar, gente esperando turno, niñas y niños alterados por los disparos de la cámara, madres y padres aplicando la clásica estrategia de la persuasión, un fotógrafo con prisas, una amiga acompañando. Gestos, sonidos, palabras, indicaciones acerca de posturas: “aja… así… muy bien… ya está”.
Cuántas historias podríamos inventar a partir de estas imágenes. Cuántas generaciones y experiencias impresas en tan poco espacio. Cuántas oportunidades de conectar con los demás.
Leer más